A partir de las pocas entradas que forman este viaje que ha sido LAS ALAS DE ALGUN PERCHERO, me he permitido dibujar y desdibujar muchas veces mi voz a través de la lira digital, he experimentado con matices, con formas de narrar eventos y exorcismos, con muchas y tantas cosas que incluso me he dado la licencia de publicar entradas que nunca debieron haber sido publicadas. Esta consecución de hechos me ha llevado a la tangible sensación de claridad acerca de la forma que mejor se me da para, de una manera segura para mí y para los lectores, develar chismes y crónicas con un acento tan agridulce como si se tratase de la imagen de una abuelita contando la historia del muñeco de jengibre sentada en una barra donde los vidrios vacios se pasean en frente como evidencia fehaciente del aguardentoso aliento de dicha viejecita. En definitiva lo mío es la magia realística sumergida en un balde de ácido. Para algunos, dicha afirmación puede ser asfixiante pero en mi caso se ha convertido en la mejor manera de dejarme fluir a mí mismo. Sin más les presento la tercera parte de SOBREVOLANDO TIQUICIA SOBRE UN PERCHERO DE COLORES.
Durante las últimas semanas las aguas llovidas se han impregnado no solo en las ropas y en el perchero, el cual actualmente luce con orgullo varios brotes de helecho, sino también en las más profundas cavidades de los duendes y los trolls. Me acuso de disfrutar ver a los seres caminar de puntillas tratando de esquivar los charcos que poco a poco se van juntando hasta convertise en lagunas infranqueables mientras intentan cubrirse de la lluvia con la portada de la Nacion que anuncia la muerte de algún duende de la Argentina.
Tal malsana diversión se ha convertido en un vicio para mi, de modo que al sentir las primeras gotas manchándome el sombrero, busco con premura algún sitio seguro desde el cual pueda apreciar en toda su magnitud las reacciones de entes físicos y manifestaciones del más allá. Algunos emprenden atropelladas carreras como si la lluvia fuese un derrame de petróleo, alzan a sus hijos ofreciéndolos a los truenos de Zeus y lo más curioso es que al apagarse la ducha celestial son los únicos que se muestran visiblemente molestos. No es de mi agrado decirlo pero la gran mayoría pertenece a este clan. Algunos novatos se arremolinan como bandadas de pericos y entre risas y pisotones se bautizan una y otra vez con aguas cloacales y como si fuese una burla de la vida, es justamente dicha algarabía la que parece detener las cataratas de Tlaloc.
Entre las risas de unos y el repudio de otros se abre cual abanico andaluz una innumerable gama de actitudes que por su baja representatividad dejaré que ustedes mismos clasifiquen en las próximas lluvias. Sin embargo me daré licencia para comentar la reacción de un ser (no se si duende o troll) ante las primeras gotas de lo que en pocos segundos se convirtió en uno de los aguaceros más atroces que mis ojos han visto caer. Los roncos bufidos de la vaca celeste acompañados de grandes goterones fueron como alarma de bomba y todos trataron de buscar refugio corriendo, saltando, arrastrándose, gateando, mirando con súplica. Incluso yo mismo abrí mi paraguas roto por la armadura el cual había encontrado en una noche de aventura, pues todo indicaba que las dimensiones de lo que sobrevendría serían épicas. Fue sencillo diferenciar un punto inmóvil entre la masa en fuga y fue así como ya todo dejo de ser llamativo. Me intrigaba realmente ver en medio de ese parque esa figura que permanecía con los ojos clavados en el suelo de donde, me permití adivinar, no se despegarían hasta que la lluvia cesara. No importaron las ráfagas heladas de gotas finas que como agujas se te incrustaban en la carne, tampoco importaron las series interminables de truenos y relámpagos que amenazaban con dejarte en una posición más que incómoda, no fueron importantes los empujones de los últimos seres en búsqueda de refugio. Aquel ser no se movió, y como yo había adivinado nunca despegó los ojos del suelo. Mil pensamientos atacaban mi mente, en especial los de supervivencia pero preferí acallarlos y seguir viviendo ese momento del cual no quería perderme ni un segundo aun cuando las gotas me obligaban a triplicar mi ritmo de pestañeo.
Probablemente nunca sabré los motivos que hicieron a ese ser quedarse inmóvil bajo la lluvia, de hecho aun no logro saber cuáles fueron mis motivos para ser el silente compañero de su experiencia, y en realidad si debo ser sincero les puedo asegurar que ninguno de los detalles cósmicos o etéreos que mediaron para ponernos a ambos dos en dicho instante me son relevantes. Cuando la lluvia cesó por completo el ser siguió su camino y se perdió dejando una estela de colores, por su parte los cielos respondieron con un arcoíris y cual si se tratase de la batiseñal supe que era momento de emprender de nuevo el vuelo. Muchas otras veces me he vuelto encontrar con aquel ser y aun ahora no estoy seguro si es duende o troll.
Espero que hayan disfrutado conmigo esta crónica sobre…………….¿Lluvia?.............NO, JAMAS!!!!!!!
Espero que no hayan creído que les dejaría el tema real de la crónica tan al descubierto.