Sobrevolando mí muy querido casco central de la provincia de Alajuela el día de ayer, una purrujita familiar empezó a mordisquearme la oreja izquierda, en un inicio fue una sensación inquietantemente agradable y luego, bueno, luego también siguió siendo inquietantemente agradable. Tanto fue así que decidí inmortalizar dicha sensación y para continuar con las familiaridades, invité a mi duende desestructurador a acompañarme. La aventura inició bajos los arcos dorados que todos conocemos, hasta terminar en un centro tribal de higiene impecable. La hazaña y fin de dicha aventura la muestro con orgullo en mi oreja como una metalización de aquellas ganas de seguir sintiendo aquellos mordisquillos.
Esta vez la aventura parecía nos ser material para continuar la serie SOBREVOLANDO TIQUICIA SOBRE UN PERCHERO DE COLORES, al menos eso pensé tras despedirme de mi compañero de aventuras. No obstante, rememorando uno de los tópicos de conversación que sin ninguna seriedad habíamos compartido bajo los arcos dorados, recordé haber leído sobre el modo en que para algunos las modificaciones corporales terminan siendo una expresión hacia el mundo aseverando que su cuerpo les pertenece y son los únicos que deciden sobre él. Sin ningún problema llegué a la conclusión que en mi caso dicha teoría no aplicaba pues la medialuna en la oreja y la estaca de metal en la lengua no son para mí ningún modo de protesta, pero al mismo tiempo esta idea fue el detonante cuestionador sobre los modos simbólicos en que algunas almas arco iris le decimos a un entorno social más o menos definido: “Con mi cuerpo (y por extensión con mi vida) yo hago lo que yo quiero”
Nota: todo será tratado en 1era persona del plural pues no puedo escribir sobre situaciones que no conozco y/o he vivido es por tanto que omito estereotipos que no he experimentado dentro de mi pecho y no por eso dejan de ser reales.
Algunos tratamos de levantar al arte como estandarte, nos apoyamos en supuestas homosexualidades bibliográficas y nos sentimos parte de la reencarnación de un espíritu de musas que de alguna forma nos hace deserotizar las figuras femeninas. Es así como buscamos y conseguimos refugio y aprobación en los camerinos resguardados según nosotros tras figuras como los onnagata del kabuki. Otros escribimos describiendo sensaciones que nos parece trascienden las banalmente comunes relaciones entre sexos opuestos y así nuestros escritos, cuentos y poesías son alabadas incluso por los más grandes detractores de nuestra sexualidad.
Otros hacemos ondear la bandera de seis colores y nos jugamos la vida gritando consignas de lucha por los derechos humanos y es que también nos sentimos humanos y es que de verdad creemos que los que sienten como nosotros también son humanos. En nuestro pecho empieza a crecer la sensibilidad social y las raíces llegan tan profundo que nos llegamos a dar cuenta que nuestra lucha solo es una parte de la conquista real de la libertad y por tanto cruzamos caminos con otros luchadores de causas diferentes pero nunca opuestas.
Existen también ocasiones en que declaramos nuestro sentir apoyados en otros que a nuestro lado están dispuestos a afrontar cualquier cosa, juntos conquistamos nuevos espacios, juntos se vuelve innecesario (pero no deja de ser importante) marchar, juntos se construyen barreras de seguridad, juntos se desmitifican relaciones, juntos se logra ser realmente libres.
Existen muchas formas en que con mi propia voz le digo a los jerarcas de CR que pueden pensar lo que quieran pero que sobre mi cuerpo nadie decide más que yo, existen muchas otras con clamores similares que percibo pero que no conozco y hay algunas grupales que poco a poco inician su canto aquí y allá y más que libertad piden igualdad.
Lo más curioso, es que todo empezó con la materialización de un deseo. Tal como debería iniciar cualquier camino a la Atlantis. Bueno reemprendo mi vuelo para aprovechar las corrientes de los suspiros que salen a las 250pm de todos los edificios de oficinas.
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